Mieczysław Weinberg

Compositor

Mieczysław Weinberg, que vivió cincuenta y siete años de su vida en el exilio, fue durante mucho tiempo uno de los grandes desconocidos del siglo XX. Dmitri Shostakóvich, que le brindó su apoyo y se convirtió en su amigo, elogiaba «la belleza y la grandeza» de la música que componía Weinberg. El polaco dejó veintiún sinfonías terminadas, cinco óperas y numerosas obras de música orquestal y de cámara. El estreno escénico de la ópera La pasajera causó sensación en 2010 en el Festival de Bregenz; la obra fue aclamada como una «obra maestra» y como el «redescubrimiento del año», si es que no de la década.

Mieczysław Weinberg, nacido en Varsovia en 1919, recibió clases de Piano en el Conservatorio de su ciudad natal a partir de los doce años. Como joven músico, además de realizar sus estudios de piano, trabajó en el teatro judío en el que su padre hacía las veces de compositor y violinista. Cuando Polonia fue invadida por la Alemania nazi, Weinberg huyó a la Unión Soviética: un funcionario de fronteras anotó en su pasaporte la versión judía de su nombre de pila (Moisei), que no sería modificado oficialmente hasta 1982. Weinberg se trasladó a Minsk, donde estudió Composición con Vasili Solotariov, un discípulo de Balákirev y Rimski-Kórsakov. En 1941 tuvo que volver a huir del ejército alemán, en esta ocasión a Uzbekistán, donde trabajó como pianista acompañante en la Ópera de Tashkent. Dmitri Shostakóvich se encargó personalmente de que Weinberg obtuviera un permiso de residencia para poder establecerse en Moscú. Diez años después de trasladarse a la capital soviética (1953), fue arrestado en el momento culminante de la «conspiración de los médicos del Kremlin», inventada por Stalin y motivada por el antisemitismo: la mujer de Weinberg era una pariente cercana de Mirón Vovsi, director de la Clínica Botkin de Moscú y principal acusado en el juicio-espectáculo contra los «asesinos de bata blanca». Weinberg fue ingresado en la prisión de Lubianka, tras lo cual Shostakóvich intercedió por él en una carta dirigida al jefe de los servicios secretos –de infausto recuerdo–, Lavrenti Beria. Weinberg hubo de agradecer su supervivencia a la repentina muerte de Stalin. Después de la guerra, el compositor ya no regresó a Polonia. A pesar del rampante antisemitismo, se identificaba con el país de su exilio, ya que, tras haber logrado huir de los alemanes, le había permitido proseguir sus estudios musicales y dar comienzo a su carrera profesional.

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