Jacques Ibert
Compositor
Con un estilo brillante, ligero y de un melodismo intenso, Jacques Ibert se convirtió –al margen de todas las corrientes vanguardistas– en uno de los compositores más respetados de Francia. Su popularidad se consolidó con su obra orquestal, aún impresionista, Escales, estrenada en París en 1924. Posteriormente se decantó por un lenguaje musical neoclásico. El Concierto para flauta, que compuso en 1934 para Marcel Moÿse, es una de sus obras más populares: una música que combina la armonía tardorromántica con la «clarté» francesa.
Jacques Ibert, nacido en París en 1890, recibió clases de violín y piano siendo un niño. En la casa de su tío Adolphe Albert, un pintor impresionista, el adolescente conoció a artistas como Claude Monet, Henri de Toulouse-Lautrec y Camille Pissarro. Después de que realizara estudios de interpretación, que luego abandonaría, comenzó a estudiar composición –por recomendación de Manuel de Falla, amigo de la familia– en el Conservatorio de París con Gabriel Fauré. Durante ese tiempo, Ibert trabajó como pianista de cine mudo en Montmartre, antes de que prosiguiera su formación en la clase de Composición de Paul Vidal tras la Primera Guerra Mundial. En ese mismo año, el compositor ganó con su cantata Le Poète et la fée el codiciado Prix de Rome, que le permitió pasar tres años en la Villa Medici de Roma. Durante este tiempo, Ibert compuso su primera obra orquestal: La Ballade de la geôle de Reading, a partir del texto de Oscar Wilde, que causó sensación en su estreno a finales de octubre de 1922 en los Concerts Colonne de París. Tras su estancia en Roma, Ibert vivió como compositor independiente en París hasta que en 1937 fue nombrado miembro del directorio de la Académie de France, con sede en la Villa Medici de Roma, un cargo que ocupó hasta 1960, aunque se produjo una cesura durante la Segunda Guerra Mundial (cuando el Gobierno de Vichy declaró su música indeseable). Tras la liberación de Francia, Charles de Gaulle llamó personalmente a Ibert en 1944 para pedirle que regresara a París, donde asumió altos cargos públicos en el ámbito cultural. En 1955, como Administrateur Général de la Réunion des Théâtres Lyriques Nationaux, se le encomendó la dirección administrativa de los dos teatros de ópera de París.