Aaron Copland
Compositor
Aaron Copland está considerado como el creador de un característico idioma sonoro «estadounidense»: hasta hoy pueden encontrarse ecos de su música en las bandas sonoras de innumerables grandes éxitos de taquilla de Hollywood. Encontró su estilo popular, de una deliberada sencillez, después de la Gran Depresión: políticamente de izquierdas, se comprometió con el Frente Popular, que contaba con el apoyo, entre otros, del Partido Comunista de Estados Unidos y la confederación sindical CIO (Congreso de Organizaciones Industriales).
Aaron Copland, hijo de inmigrantes judíos rusos, creció en Brooklyn y se sintió fascinado ya en su infancia por la mezcla –tan característica de Nueva York– de la música de las sinagogas, los sonidos klezmer, el jazz y el ragtime de las bandas de baile. Después de que su hermana mayor le diera sus primeras clases de piano, estudió con el ultraconservador Rubin Goldmark, que se había formado en Viena con Robert Fuchs y en Nueva York con Antonín Dvořák. En busca de un mayor espíritu de innovación, Copland se trasladó en 1921 a París, donde estudió con Nadia Boulanger en el Conservatorio Estadounidense de Fontainebleau. Tras su regreso a Estados Unidos, Copland consideró que los idiomas de la llamada «era del jazz» eran claramente los más adecuados para transmitir el pulso de la Norteamérica urbana y la especial atmósfera de la ciudad de Nueva York. Sin embargo, su entusiasmo por el jazz disminuyó abiertamente cuando la fachada optimista de los locos años veinte comenzó a resquebrajarse en vísperas de la crisis económica mundial. Se decantó por un estilo modernista, lo que le valió el apodo del «Stravinsky de Brooklyn». Finalmente, Copland llegó a la conclusión de que los compositores modernos, con su complejo lenguaje sonoro, corrían el riesgo de quedar marginados socialmente: «Mis obras más recientes encarnan, cada una a su manera, esta tendencia hacia una impuesta simplicidad. El Salón México es una obra orquestal basada en melodías mexicanas; El segundo huracán es una ópera para que sea interpretada por estudiantes de secundaria; Música para la radio fue compuesta por encargo de la Columbia Broadcasting Company específicamente para que se emitiera por las ondas; Billy el niño, un ballet escrito para el Ballet Caravan, utiliza sencillas canciones de vaqueros como material melódico; La ciudad, De ratones y hombres y Nuestra ciudad son bandas sonoras para películas. La acogida dispensada a estas obras en los dos o tres últimos años me reafirma en la creencia de que el compositor estadounidense está destinado a desempeñar un papel más prominente en el futuro musical de su propio país».