Lontano: Músicas espaciales con los Berliner Philharmoniker
Las relaciones entre la música y el espacio son de muchos tipos: las composiciones pueden inspirarse en edificios, como es el caso de la basílica de San Marcos, que no sólo definió la música policoral veneciana, sino que Wolfgang Rihm también la puso en escena desde el punto de vista de su sonoridad, al igual que haría más tarde en la Philharmonie de Berlín. Los efectos espaciales surgen además de forma puramente musical, por ejemplo, mediante el empleo de coros o instrumentos alejados espacialmente: «lontano». Un caso especialmente singular es el de Richard Wagner: hizo construir el Teatro del Festival de Bayreuth como el espacio ideal en el que representar su música.
En el siglo XVI, Nicolás Copérnico presentó el modelo del universo heliocéntrico, la pintura redescubrió la perspectiva y, a raíz del «descubrimiento» de América, el espacio geográfico conocido en Europa fue ampliándose sucesivamente. Esta nueva conciencia encuentra también su reflejo en la música. A partir del principio antifonal «bidimensional», que se basa en una sucesión del modelo de pregunta y respuesta, se desarrolló la polifonía «plana», que finalmente quedaría plasmada de forma magnífica en las tres dimensiones del espacio en la polifonía policoral veneciana, también a un nivel visual: al igual que los grupos instrumentales en la Canzon septimi et octavi toni a 12 voces, de Giovanni Gabrieli, en su época los coros cantaban desde las galerías de las iglesias y el sonido llegaba procedente de diferentes direcciones.
En su Notturno, Wolfgang Amadeus Mozart hace que cuatro grupos orquestales se comuniquen entre sí, de resultas de lo cual surgen encantadores efectos de eco. Richard Strauss también recurrió a ellos en su Una sinfonía alpina: aquí, las «trompas de caza desde la lejanía» resuenan desde una orquesta integrada por dieciséis músicos y situada detrás del escenario. Gustav Mahler llevó a un nivel magistral el uso de fuentes sonoras separadas en el espacio. En sus Sinfonías se encuentran indicaciones muy precisas, como «a una gran lejanía», «desde la dirección opuesta» o «colocados aisladamente». Al final de su Segunda Sinfonía, separa de este modo la esfera terrenal de la celestial del Juicio Final, antes de volver a unirlas para así simbolizar la promesa de la resurrección.
Arnold Schönberg compuso, con su oratorio inacabado La escala de Jacob, una obra que ofrece toda una visión del mundo con una plantilla gigantesca. Gracias a la precisa conformación del sonido espacial, la interpretación se convierte en una experiencia existencial: la ubicación de los grupos más alejados que exigía Schönberg –«lejos, arriba, abajo»– anticipa lo que hoy en día sólo puede reproducirse por medio del Immersive Audio (Dolby Atmos); llegó incluso a plantear que los grupos tocaran en «espacios acústicamente aislados» que «resultaran audibles por medio de micrófonos situados en lugares alejados». Por último, György Ligeti, en Lontano (1957), hizo que vastas superficies sonoras se deslizaran por el espacio a modo de clusters o racimos: «Cuando imaginé por primera vez las delicadas formaciones cristalinas, que se fundían entre sí y eran, por así decirlo, fluidas, estas se unieron dentro de mí con la sensación de una gran lejanía espacial y temporal». Quizás aquí resulta posible hacerse una idea de qué es lo que insinúa la enigmática frase de Gurnemanz en Parsifal de Wagner: «El tiempo deviene aquí en espacio».
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